Buenos Aires posee un patrimonio arquitectónico desconcertante y sugestivo. Las múltiples fuentes de inspiración y la tendencia local a la reelaboración consolidaron en los dos últimos siglos una herencia artística vasta y ecléctica. Este blog pretende mostrar a través de fotografías algunos de esos detalles que suelen escaparse a quien camina sin mirar por donde pasa.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Pasaje Roberto Arlt



Antes de que Palermo se convirtiera en un desfiladero de tiendas de diseño pegadas una a la otra —hace mucho tiempo, a principios de siglo—, existía la posibilidad de que uno recorriera el barrio y se encontrara, por ejemplo, con altísimos edificios de tres pisos llamados “villas”, donde la clase adinerada porteña se afincaba a medida que la ciudad se expandía del centro hacia afuera.

Así fue como se construyó en 1906, sobre el 1900 de la calle Gurruchaga, Villa Alvear, una fila de casas con techos a dos aguas que remite a un estilo cuasi victoriano que difícilmente pueda hallarse todavía en pie en otro lugar de Buenos Aires. Por entonces no había casas lindantes ni viviendas que le sacaran el cetro de la más alta del barrio. Hasta que, en 1910, un ingeniero que ocupaba un alto cargo en la empresa de ferrocarriles ingleses compró el terreno de al lado, abriendo el camino para lo que hoy es conocido como el pasaje Roberto Arlt.

El nombre del autor de El juguete rabioso tiene mucho que ver con el del empresario inglés: Arlt se casó con su nieta, Elizabeth Shine, y se mudaron a una de las viviendas que dan al frente de la calle Gurruchaga, uno de cuyos muros sirve de entrada al pasaje. En la actualidad, la casa tiene un aspecto de abandono fantasmal. Los vecinos de la zona indican que en el jardín delantero vive un hombre con muchos perros que habla mucho y está loco.

El pasaje es un corredor de tres metros de ancho que penetra hasta mitad de manzana. Las ramas de un árbol tapan la entrada y hacen difícil que se perciba desde la calle la existencia de una callejuela que termina, como dicen los franceses, en un cul de sac o callejón sin salida. En el viejo pasaje donde se puede imaginar a Roberto Arlt caminando con la cabeza hecha un incendio, ahora hay dos productoras de cine y publicidad, tres viviendas particulares de estilos disímiles (una de las cuales mantiene intacto su techo de tejas), y una parra monstruosa que sale del patio de la casa del escritor y se extiende sin límites hacia el final del pasaje.

Fuente: Página12


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